Cuando a las 2 p.m. se abrió el acceso para el área de conciertos, los miles de fanáticos que asistieron al Festival Imperial corrieron para alcanzar el mejor lugar al frente de la tarima para no perderse ni un solo detalle de este megaespectáculo.
La jornada comenzó con una nube negra que amenazaba dejar caer lluvia, pero poco a poco cedió campo al sol, lo cual le dio tranquilidad a todos aquellos que temían que el agua les estropeara los planes de tener un día esplendoroso.
Los más precavidos sacaron sus bloqueadores para protegerse del sol y los demás no perdieron un instante para refrescarse.
Mientras tanto, fuera del autódromo, los revendedores y la Policía de Tránsito hacían cada uno su trabajo.
Durante toda la tarde, antes del último rayo de sol, el público seguía ingresando al recinto alajuelense, lugar ya tradicional para este tipo de conciertos.
La mayoría de los asistentes al festival eran grupos de jóvenes y, por supuesto, los roqueros que se destacaron por su vestimenta, mayoritariamente de color negra.
Mientras comenzaba el show , la gente aprovechó para saciar su hambre, sabiendo que les esperaba una larga jornada por delante; la mayoría estaba de pie.
En La Guácima, los chinamos de comidas rápidas hicieron su Agosto y en todos los puestos las filas se extendían por más de 50 metros.
La música de ambiente sirvió para acortar la espera, mientras los grupos de amigos y familiares celebraban que cada vez faltaba menos para el comienzo de una de las principales fiestas musicales del año.
Cuando empezó a oscurecer la temperatura bajó y un viento abrazador refrescó aún más a las más de 20.000 personas que llegaron a La Guácima en busca de
Rock .
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