Phil Collins acaba de decir, sin gran estrépito ni formalidades, que se retira.
Que ya no va a grabar más discos ni actuar en giras en cuanto acabe la que le tiene por el mundo con sus viejos compinches de
Genesis, aunque, cuidado, seguirá escribiendo sus cositas porque a eso ha venido a este mundo.
Es una gran noticia para los muchos que lo consideran el pelmazo de cabecera del
pop.
Adiós a sus canciones insulsamente parecidas entre sí, a sus melodías para oídos adocenados, a su música que satisface solo a quienes en verdad no les gusta la música.
Adiós a sus baladas y balidos.
El concepto es ya un lugar común y un buen enganche para sentirse diferente, moderno, especial. "
¿Phil Collins? Vaya plomo". En un pasaje de Alta fidelidad, el libro de Nick Hornby, el protagonista, Rob Gordon, desde la cínica superioridad del sabiondo enciclopédico, describe como
"zona catastrófica" una estantería en la que hay algunos discos de
Phil Collins. (Hornby explicó luego que eso lo decía el personaje, que él no piensa así. Pero se te veía el plumero, Nick).
Bryan Adams,
The Police,
Lenny Kravitz,
James Blunt y otros artistas que venden decenas de millones de copias y agradan a las princesas completan la alineación del horror.
Ahora que el señor Collins ya no va a molestar más con sus hits clónicos e insultantemente facilones, se podría reflexionar sobre el buen y el mal gusto que entra por los oídos.
¿Por qué un cantante que ha vendido unos cien millones de discos carga con el desprecio de quienes perfilan los cánones estéticos de lo que es innovador, arriesgado, artístico, en suma? ¿De verdad es tan malo, tan detestable? Los críticos siempre lo hundirán y dirán que lo que hay que escuchar es a gente como Micah P. Hinson y Shannon Wright (y ustedes deberían hacerles caso).
Al señor
Collins poco le importará ya todo eso, si es que alguna vez le ha importado.
Se retira y va a estar muy ocupado en su casa de Suiza, contando dinero y cultivando su pintoresca afición por coleccionar balas de cañón y armas antiguas.
No se acaba el mundo: siempre podremos seguir burlándonos, por ejemplo, de lo panolis que son
Coldplay, que ya vienen por ahí con sus suaves pianos y dulces quejidos.