Juan Gabriel es la personificación de la cenicienta masculina. Nació pobre, y hoy es un millonario con glamour; empezó escribiendo versos, y hoy las estrellas se sortean sus temas. A sus 50 años de edad, el ídolo de Juárez no olvida todo aquello que tuvo que pasar para alcanzar la fama, inclusive, estar tras las rejas...
Todo comenzó con una tonada: "No tengo dinero ni nada que dar, lo único que tengo es amor para dar". Con estos versos, allá por los años setenta, se inició el éxito de Juan Gabriel.
Con más de 40 millones de discos vendidos en el mundo, en los últimos años ha sido referencia obligada para las nuevas generaciones de artistas y compositores, que lo han convertido en todo un fenómeno de la música latina.
Alberto Aguilera Valadez nació el 7 de Enero de 1950, en Parácuaro, Michoacán, México. A los tres meses de edad comenzaron las desventuras para él, cuando su padre Gabriel trabajaba en los pastizales y, al quemar uno para realizar la nueva siembra, algo falló y se le extendió el fuego hacia otras propiedades.
Angustiado por los problemas que esto le traería, se tiró al río y, aunque no murió, tuvo que ser internado en el manicomio de La Castañeda, en la Ciudad de México. Lo que pasó luego con su progenitor es todavía una incógnita, muchos dicen que murió internado, otros que se escapó y nunca más se supo de él.
A los 4 años, Albertico entró como interno a la escuela de mejoramiento social para menores "El Tribunal". Ahí conoció a Micaela Alvarado, directora de la escuela y a Juan Contreras, maestro de hojalatería y persona determinante en la vida del cantautor.
"Don Juan siempre será importante en mi vida. De él aprendí mucho de lo que hoy sé, fue mi apoyo y mi consuelo en los momentos tristes. Por eso cuando tuve que escoger un nombre artístico me hice llamar Juan por ese viejecito y Gabriel por mi padre", ha comentado.
En El Tribunal se le asignó la tarea de sacar la basura, y a los 13 años ya no regresó. Se quedó por un tiempo con su maestro Juan y luego se fue con su madre y su hermana Virginia, dedicándose a vender burritas de tortillas de harina en el centro de Ciudad Juárez.
Gracias a esta actividad descubrió su pasión por la música y la fe religiosa, ya que en una de sus ventas descubrió un coro de un templo metodista que atrajo de inmediato su atención.
Tiempo después se mudó al templo y se dedicó a limpiarlo, a leer la Biblia y a cantar en el coro. Luego se fue a Elsenore, California, para hacer el mismo trabajo y tuvo la oportunidad de convivir con una familia de origen afroamericano. Aprendió mucho de ellos, e incluso llegó a sentir gran admiración por esa raza, sobre todo, por sus bellas voces.
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