Al fin Ozzy Osbourne saca un disco y nos da la grandísima sorpresa de no darnos grandes sorpresas. Ya no más refritos de obras cumbres, álbumes de covers, prescindibles LPs en vivo o paupérrimas bandas de sonido de reality shows en los que el Príncipe de las Tinieblas daba más lástima que miedo. Black rain es, como dicen los estadounidenses, “the real deal”: diez canciones nuevas mucho más cercanas al tipo que supo cantar en Black Sabbath que a ese viejito que temblaba en MTV.
El marido de Sharon no hace más que respetar sus propios pergaminos, recorriendo toda la paleta del hard rock, desde la aceleración desatada de sus primeros álbumes como solista (solo que maquinalmente aggiornada, aproximándose al estilo de su discípulo Rob Zombie) en el corte de difusión “I don’t wanna stop” hasta el paso lento, rasposo y siniestro de “The almighty dollar”. Súmese a eso una actitud protestona que no se le veía desde las lejanas épocas de “War pigs” (¡Ozzy enojado¡ ¡y no porque el perro le meó la alfombra!), un par de power ballads obligatorias (“Lay your world on me” y la beatlesca “Here for you”) y un trabajo demoledor de Zakk Wylde en la guitarra, y el resultado es ni más ni menos que lo que el responsable de todo esto prometió antes de que el disco se pusiera a la venta: un digno sucesor del inolvidable No more tears de 1991 |