Surgidos de la irrupción del thrash-metal en la década de los 80, Slayer
se han mantenido fieles a sus principios, sin variar demasiado sus esquemas,
ofreciendo siempre un consistente muro de sonido. Creadores de acelerados riffs
y aplastantes ritmos, continúan en su agresiva línea dejando las modas de lado.
Esta convicción les ha llevado a tener un numeroso grupo de seguidores incondicionales.
Otra de sus características son sus desgarradoras letras, donde muestran el
lado más oscuro del ser humano. Con Reig In Blood dieron un gran
paso hacia el reconocimiento, pero su ya larga carrera está repleta de excelentes
álbumes. Aportan energía en estado puro y hasta ahora no han defraudado a quienes
gustan de las sensaciones extremas creadas con calidad. Slayer comenzó
a funcionar como banda en 1982, en Los Angeles, Estados Unidos. En poco tiempo
se convirtió en la número uno en su género. Su formación apenas ha sufrido variaciones,
los pocos cambios registrados han tenido como protagonista el puesto de batería.
Así, el bajo y la voz siempre han estado a cargo de Tom Araya, de ascendencia
chilena, mientras que las guitarras han estado repartidas entre dos verdaderos
posesos de las seis cuerdas, Kerry King y Jeff Hanneman. En cuanto a la batería,
el puesto original fue ocupado por Dave Lombardo, también con raíces latinas,
y reconocido como, sino el mejor, uno de los mejores baterías del estilo. Dave
dotó a Slayer de un sonido de batería único y genuino pero, diferencias
de carácter y otras causas colaterales predeterminaron su salida del grupo.
En su lugar han ocupado el puesto, T.J. Scaglione (Whiplash) aunque por escasos
meses, Paul Bostaph –ex Forbiden- en dos etapas y John Dete. Show no Mercy(1984),
Hell Awaits (1985) y el mini lp Haunting The Chapel
(1984), componen la primera parte de su carrera, compuesta por un sonido crudo
y distorsionado encajado en unos parámetros de total agresividad y contundencia.
De esta etapa surgieron algunos de sus clásicos, pero si debe destacar algún
tema ese es “Black Magic” todo un ejemplo de como mezclar un riff melódico
dentro de un ritmo de vértigo. La potencia de éste y otros clásicos quedaron
reflejados en su estado más puro en Live Undead, un directo que
completó su primera etapa. Poco después llegarían los primeros síntomas de discordia
entre Dave y el resto del grupo. No obstante, y tras ser sustituido durante
unos meses por T.J. Scaglione, Lombardo regreso a la banda justo a tiempo para
grabar su más elogiado álbum, Reign In Blood (1986), con el que
dejaban atrás una fructífera etapa y demostraban tener la suficiente calidad
como para afrontar el futuro con optimismo. Su sonido se mantenía igual de contundente
pero más pulido, mientras que Dave Lombardo daba una de sus más intensas lecciones
de cómo llevar el ritmo dentro de un contexto agresivo y extremadamente veloz.
El impacto causado por Reign in Blood otorgó a Slayer la categoría
de grupo de primera fila. A partir de ahí, su progresión fue en aumento y en
poco tiempo alcanzaron el status de grandes estrellas del metal internacional.
El siguiente paso fue la grabación de South of Heaven (1988),
otra muestra de energía controlada que tuvo en su contra la poderosa sombra
del Reign In Blood, pero que mantuvo a Slayer en la sintonía del
éxito. Dos años después, apareció Seasons In The Abys (1990),
una álbum compacto y rabiosamente enérgico que superaba al anterior en calidad
compositiva y potencia sonora. Al dar inicio la década de los 90, con una carrera
estable, incontables actuaciones a lo largo de Estados Unidos y con participación
en los más importantes festivales internacionales, llegó el momento de concentrar
la energía que desprendía el grupo en un álbum en directo y apareció el doble
Decade of Aggresion (1991). Aquí terminó otra etapa. Un largo
silencio de tres años fue roto con una noticia impactante, Slayer volvía con
nueva grabación pero sin uno de sus componentes originales y pieza básica de
su característico sonido: la batería Dave Lombardo. La salida de Dave fue un
punto traumático para todos. Las relaciones entre el batería y el resto del
grupo se resintieron, e incluso hubo algunas declaraciones subidas de tono,
pero en el fondo la amistad entre todos prevaleció sobre las diferencias de
carácter y musicales. Algo que se ha podido comprobar recientemente al haber
vuelto Dave Lombardo para ayudar al grupo en un momento delicado. Pero en los
primeros años de la década de los 90 las relaciones no eran las mejores. La
comunicación entre Dave y los otros tres componentes sufrió un doloroso proceso
de deterioro hasta la ruptura total. Tuvieron que pasar cuatro largos años hasta
que el grupo estuvo listo para crear nuevas dosis de sonido apocalíptico, algo
que se tradujo en Divine Intervention (1994), ya con Paul Bostaph
a cargo de la batería. La grabación pasó el aprobado, mantenía el clásico sonido
del grupo, pero empezaron a notarse los primeros síntomas de cansancio, tanto
por parte de la crítica como de un sector de sus seguidores. Las primeras críticas
recibidas se dejaron sentir y ante el empuje de nuevas corrientes rockeras Slayer
pasó por el peor momento de su carrera. Durante los siguientes años los seguidores
del grupo tuvieron que conformarse con una grabación aparecida en 1996 bajo
el título de Undisputed Attitude, donde Araya, Hannemann y King
decidieron dar rienda suelta a sus instintos más punkeros recopilando versiones
de grupos de ese estilo. Los fans tuvieron que esperar hasta 1998 para poder
disfrutar de nuevo con temas originales. La nueva irrupción de Slayer
se estrenó bajo el título de Diabolus In Música, grabación donde
demostraban su genio y vitalidad volviendo, en gran medida, a sus mejores momentos.
Diabolus In Música marcada también el retorno de Paul Bostaph
después de que durante una larga etapa John Dete se hubiese encargado de la
batería. Diabolus in Música reúne todas las cualidades que Slayer
suele aportar a su sonido y devolvió su credibilidad como una de las bandas
más importantes en las historia del metal extremo. Llegó otra etapa de silencio.
Slayer, conscientes de que más vale poco y bueno que mucho y malo, hicieron
esperar de nuevo a sus fans, nada menos que cuatro largos años. Con el nuevo
milenio reflejado en todos los calendarios, Slayer ha retornado, como
siempre, con su aplastante sonido. Sin bajar su potencia, sin concesiones comerciales
y revitalizados pese al paso del tiempo, 20 años después nadie puede negar a
Slayer su compromiso con el metal. Es mejor el buen continuismo que la
innovación penosa, un paso que a muchos grupos les ha llevado al fracaso. Ese
no ha sido el caso de Slayer, que siempre ha mostrado integridad en su sonido.
Así lo demuestran en su último álbum Got Hates Us All (2001),
puro sonido Slayer sin concesiones, atrevido, agresivo, arrasador. Sin perder
sus orígenes, se mantienen actualizados y en plena forma. Los últimos datos
indican que el puesto de batería sigue siendo el único inestable. Paul Bostaph
volvió durante un tiempo, pero ha iniciado otra etapa con el grupo Systemátic.
El “rebelde” Dave Lombardo regresó para tapar el hueco de forma momentánea pero
el puesto sigue sin un titular fijo. Eso no es obstáculo para que el sonido
de Slayer continúe machacando los oídos de sus entusiasmados seguidores.
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