Imaginemos al estadio de River como una caja. Una caja enorme, en la que
Soda fue colocando, desde Octubre, distintos elementos que emergieron, a lo largo de estas seis fechas, desde el seno mismo de la banda.
El primer elemento de esta parábola es la calidad. Interpretativa, visual y musical. Fue una constante que se repitió a lo largo de todas las presentaciones de
Soda.
Otro elemento que entra en la caja, es el componente emotivo. Cada una de todas las personas que han pasado por aquí tendrá el suyo bien presente. Algunos más a flor de piel, otros guardados más profundos. Algunos esbozarán un llanto, otros partirán henchidos de gozo. Pero a nadie resultará indiferente lo que
Cerati,
Alberti y
Bosio irradiaron en River.
A nadie debería caberle la duda de que a este último concierto le sobran galones para consagrarse como uno de los grandes eventos artísticos en la historia del rock nacional, muy por encima del éxito comercial.
La caja, a medio llenar ya, suma un elemento más. Invitados, una lista más larga (casi un exceso de 3 horas y cuarto), y canciones que no habían pasado por Buenos Aires. Desmenucemos estos componentes.
Todos los invitados estuvieron, de algún modo, vinculados a la historia discográfica o en vivo de la banda.
Así pasaron Carlos Alomar (productor de
Doble Vida) metiendo un solo repleto de potencia y buen gusto en
La Cúpula. O el
Zorrito Quintiero a bordo de los teclados en
Danza Rota y
Prófugos.
Andrea Alvarez arremetió en la percusión en
Pic Nic en el 4B y también en
La Cúpula. Richard Coleman compartió sus guitarras filosas en
Primavera 0 y en
No Existes.
Finalmente, el crédito de Rock & Pop,
Gillespi, aportó su trompeta y
flugelhorn en
Fue y en
Signos.
Las canciones nuevas, por llamarlas de algún modo, fueron
Si No Fuera Por, ni bien arrancó el concierto,
Terapia de Amor Intensiva (al final) y la citada
La Cúpula.
La caja, prácticamente a tope, suma un elemento más. El último. Y es el público. Entregado y predispuesto, puso lo suyo para coronar el show.
Abrió todos los celulares posibles para decorar la noche; coreó a rabiar el estribillo en
De Música Ligera; saltó con cada acorde, moviendo el Monumental como si fuera de gelatina.
Fin de la parábola y de ahí la razón del título.
Soda llenó la caja y la dejó envuelta para regalo. Alguno querrá volverla a abrir para no privarse de semejante banda. Otros dirán que lo bueno tiene que durar poco y la dejarán cerrada. Lo concreto es que a partir de hoy, en el mundo de
Soda Stereo, nada más queda. ¿Nada más queda?