La bufanda tricolor, el antigripal de cabecera, un buen café con leche humeante y el nuevo disco de Travis serán los mejores atenuantes para este duro invierno que se avecina. Si con 12 memories el cuarteto escocés intentó despegarse del estilo que lo catapultó al éxito tomando una curva sonora enroscada y sombría, tres años y medio después regresan con la cola entre las piernas a la vereda soleada del pop simplón y pianesco en The boy with no name.
El grupo liderado por Francis Healy entrega una docena de composiciones en tonos grisáceos: sin recurrir a los extremos y siempre bordeando el límite entre el lo-fi y el cabeceo soporífero, vuelven con el sonido orgánico y familiar que nos hizo enamorarnos de ellos diez años atrás. Asociados una vez más a Nigel Godrich (Beck, Radiohead), apuestan a lo seguro con las melodías de ensueño (“Closer” y la azucarada “Battleships”), el optimismo dulzón (“My eyes”) y el coqueteo ocasional con el rock (“Eyes wide open”).
Quienes estén esperando el salto cualitativo, la sorpresa o el disco experimental de rock sinfónico fusionado con folklore africano, están escuchando a la banda equivocada. Pero para aquellos que encuentren placer en el pop inofensivo y la calidez de lo conocido, The boy with no name resultará el cobijo ideal por algo menos de una hora. |